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El chico de los tápers

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sadsdPor Irene  Hofmeijer. Fundadora de L.O.O.P

Publicado en Etiqueta Verde

Un basurero repleto de envases de tecnopor en las oficinas de una ONG ambiental puede despertar la culpa en sus trabajadores. Ben Hoffman, un abogado de veintiséis años que vigila el cumplimiento de las leyes ambientales, sufría cada vez que sacaba la basura en su trabajo. Como miembro del equipo de EarthRights International está preparado para defender al planeta ante los tribunales y organizar marchas de activistas por los derechos de las comunidades nativas; sin embargo, sus hábitos personales atacaban al cliente para el que trabajan: la Tierra. Hoffman y sus colegas compran a diario su almuerzo en un restaurante y lo llevan a las oficinas. Una costumbre que se traduce en un cerro de envases descartables de tecnopor. El equipo de EarthRights International en Lima es reducido así que se reparten las labores no sólo legales. Hoffman se encarga de la limpieza, y vaciar un basurero de veinticinco litros lleno de tecnopor le parecía un sinsentido. Sin tener cifras en mente, la intuición del abogado era cierta: el tecnopor es uno de los agresores máximos del planeta.

Esos envases blancos de los que uno se ‘deshace’ en el tacho de basura deambulan para siempre en el mundo. El poliestireno, conocido por la mayoría como tecnopor, es derivado del petróleo y no es biodegradable. Pocos son los países que tienen programas para reciclarlo. El Perú sólo los acumula en sus rellenos sanitarios, y por ser un producto inflado el tecnopor ocupa bastante espacio. Y por su ligereza es difícil mantenerlo ahí. Casi siempre el viento lo conduce al mar. Por eso el poliestireno tiene una presencia constante en las redes que limpian los océanos. El tecnopor se desintegra en diminutas partículas y las especies marinas lo confunden con alimento. Es un elemento tóxico que puede atragantar a una tortuga o asfixiar a un pelícano.

La solución al dilema personal de Hoffman llegó en manos de una vendedora del mercado. Un día, para una reunión con unos clientes, el abogado fue a comprar el almuerzo. La señora no tenía envases descartables y le entregó la comida en táperes de plástico. Después de esa junta de negocios, los táperes estaban sucios pero aún servían. A Hoffman se le ocurrió lavarlos y volverlos a usar. La siguiente vez que fue a comprar su almuerzo, llevó un táper y le preguntó a la vendedora si le podían servir el menú ahí. Hoffman estaba variando la dinámica del restaurante y se sorprendió cuando no hubo ningún reparo. Además, por llevar su propio táper, pagó menos. Le descontaban el costo de los descartables. Al año ese ahorro equivale a recibir el menú gratis durante seis semanas.

Ahora el abogado lleva sus táperes todos los días al mismo restaurante y siempre encuentra una recompensa al abrirlos: las porciones son suficientes para dos personas. Hoffman tiene una hipótesis para esa generosidad espontánea. «Todos los días les doy mis táperes y los llevan atrás a la gente de cocina que sirven la comida. Por más que yo no interactúe con ellos, ellos saben que están sirviendo a un cliente en especial —dice el abogado—. No soy uno más de una masa anónima. Siento que aprecian que siga regresando y, por lo tanto, me cuidan. He hecho de mi menú para llevar una experiencia más familiar». A Hoffman en el restaurante lo conocen como el ‘Chico de los Táperes’.

Encargarse de la limpieza de las oficinas también es más sencillo ahora. Hoffman sólo vacía los basureros dos veces por semana. El abogado que lleva al restaurante sus táperes reusables en un bolso de plástico reciclado no se siente un activista. Sólo le gusta ser consecuente. Dice ser consciente de la relación entre sus acciones y el medio ambiente. Esos irrelevantes gestos para la mayoría, para él son cambios significativos. Por eso ahora también lleva un frasco de vidrio al restaurante. Ya no quiere su refresco en vasos de plástico descartable.

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